domingo 8 de noviembre de 2009

La parranda de lo inédito

Sección ‘Recomendaciones’ del espacio radiofónico ‘Café de París’ – Cadena COPE

Hay quien –sin encomendarse ni a Dios ni al diablo- sentencia que el cine nos evade de todo mal. Esta aseveración podemos ponerla en solfa a tiempo presente. Algunas películas –quizá demasiadas en la novelería de los estrenos tallados en serie- propugnan ciertamente la maquinaria de la maldad. Las aristas de la violencia. La zarabanda de la delincuencia. Posiblemente un consejo internacional de guionistas debiera analizar la función sociológica del séptimo arte como mejora de la humanidad y no como expendedora de pingues beneficios económicos. Al hilo de este razonamiento propongo hoy un puñado de películas pedagógicas en su trasfondo argumental. O, en el menos didáctico de los casos, divertidas de tomo y lomo, risueñas, contemplativas en suma… Acaba de editarse en formato DVD la azulada Mamma Mía! Una película que no gozó de la justeza y de la justicia crítica en su determinante momento acaso porque los plumillas del oficio no acertaron a vislumbrar el mensaje fraternal de su empaque musical. Pues a comprarla, disfrutarla y mimarla toca. Otra subrayable noticia: acaba de salir al mercado las versiones en DVD de películas españolas como ‘Amanece, que no es poco’, ‘El viaje a ninguna parte’, ‘El bosque animado’ o ‘La vaquilla’. Me consta que el precio, por módico, exige el arrebato comercial de esta irrevocable tentación: el cine español merece el canjeo de su compra/venta. Por cierto: las carteleras cuelgan en sus salas multicines algunos títulos hispanos que prometen la parranda de lo inédito. Me hablan del magnetismo visual de la película ‘Castillos de cartón’ –basada en la prosa de Almudena Grandes-. Es la penúltima propuesta de nuestro Café de París de este viernes flamígero y ligeramente invernal. La semana próxima toca capuchinos con espuma de actualidad. Hasta entonces, sed felices.
Llave de la reserva unipersonal

Editorial del espacio radiofónico ‘Café de París’

Estimados oyentes de la Cadena COPE: El diario o el dietario íntimo constituye –además del siempre balsámico ejercicio de escritura privada e incluso privativa- una asequible aproximación al género literario por antonomasia, esto es, aquel cuyo solaz y cuyo remiendo descansa indistintamente en la sinceridad, en el alarde verbal y en la conjunción de todos los vocablos sinónimos de franqueza. A veces el diario –su contenido y su continente- queda por siempre circunscrito a la guarda bajo llave de la reserva unipersonal. En otras dispares ocasiones el cuaderno o cuadernillo de marras anda liberado de ataduras físicas y sus hojas pululan a vuela pluma al alcance de cualquier hijo de vecino. ¡Pues anda que no conocen (o conocían) astutamente las madres el determinado y determinante cajón de la mesilla de noche donde sus hijas resguardaban del libre albedrío público las hojas del memorándum de sus sentires, sentimientos, desdichas, rebeldías y florecimientos vitales! Ahora Microsoft Word ha variado copernicanamente el revés del formato. De modo que el procomún ya no aboceta sus párrafos personales en papel de medida A4. Sino que encuadra el parágrafo en las 13 pulgadas de su ordenador portátil. Y no porque pretendan urdir el contrabando de ninguna conspiración sino porque las nuevas tecnologías ofrecen rapidez, limpieza y un mejor encuadre espacial. Hoy me adelanto a la sección propia de recomendaciones y os invito precisamente a la lectura de diarios literarios publicados en forma de libros. Un buen centón de escritores españoles articuló su obra en base al género de la memoria desgajada bajo el epígrafe del amanecer de cada fecha del calendario. Así, verbigracia, Andrés Trapiello y su colección del salón de los pasos perdidos o Fernando Sánchez Dragó y su tríada o trilogía de la Dragontea. O aquellas peculiares entregas –hoy casi incunables- de Fernando Vizcaíno Casas bajo la sentencia titular de ‘Un año menos’. No debo obviar tampoco el mítico volumen de César González-Ruano ‘Diario íntimo’: facundo virtuosismo de Literatura en estado puro. Escriban, queridos oyentes, sus pensamientos en negros sobre blanco y coronen el resultado con la fecha de cada día. Así y sólo así ganaremos una brizna de inmortalidad.
Cuando el embrujo de lo racial y la oxigenación del arte se funden en las manos de Rosario Montoya ‘La Reina Gitana’

Cuando el embrujo de lo racial y la oxigenación del arte se funden en unas –prodigiosas, danzarinas, acróbatas- manos de mujer, de mujer joven y gitana, de mujer urgente y empática, entonces la ecuación resultante recibirá el nombre de Rosario Montoya ‘La Reina Gitana’. Más de cuatrocientas personas aglutinó la presentación de su espectáculo ‘88 teclas de pasión’ en la sede de la Escuela de Hostelería. Sonó el piano flamenco como una sonata de melena suelta en metáforas de morenía. Se hizo el delirio, la pulsión gozosa de la colectividad, una urdimbre de palmas por bulerías que tradujeron –a la manera castiza, al modo de intrínseca jerezanía- la atronadora ovación del respetable público. Lleno hasta la bandera de una expectación que ni siquiera la televisiva y televisada retransmisión de llamativos partidos de fútbol logró aminorar. La cita contenía de por sí demasiados acicates como para obviarla a tontas y a ciegas y sin encomendarse ni a Dios ni al diablo: los jerezanos acudieron masivamente impulsados e incluso propulsados por la llamada nunca anacrónica ni ficcional sino enteriza, flamígera e inmutable de la pureza del flamenco.

Situémonos. El Grupo Romero Caballero había incluido este espectáculo (en toda regla a juzgar por el resultado del mismo) dentro del ciclo titulado ‘La cuarta pared’. Muchos se cuestionarán a vuela pluma el porqué de dicha clasificación cuando a simple vista parece meridianamente diáfana su catalogación ortodoxamente flamenca. Sin embargo la respuesta habría que asentarla en la búsqueda de la dimensión conceptual de la obra. Rosario Montoya ha cuajado, ha orquestado, ha creado y recreado una autobiografía sonora de bulerías de la nostalgia, de falsetas de sensaciones, de teclados del imperio cañí, de glosas maternas y de espíritu reivindicativo. ’88 teclas de pasión’ estalla en la órbita de sus acepciones emocionales: la trayectoria que abarca y centra y concentra el ímprobo esfuerzo y la denodada virtud de una mujer capaz de prologar y prolongar sus manos en la estructura mágica y comunicante del piano de cola.

La programación cultural del Grupo Romero Caballero ofreció tamaño obsequio a la ciudadanía (de hecho acudieron a su recaudo, a mansalva y a corazón latiente, toda una multitud de personas de toda clase social, de toda variada generación, de toda ideología). La Reina Gitana legisló los códigos de sus propias pautas musicales: dúctil virtuosismo de unas manos que fueron fuego encendido de admiraciones conjuntas. Esta mujer eléctrica y sensible como pocas, desdoblamiento de su naturaleza en heteróclita sustentación del talento, dedos que inyectan pentagramas a mil revoluciones por minuto, ademán de sonrisa blanca y mirada profusa, misceláneas de fusiones poéticas, airosa pirueta de lo verosímil.

Maribel Cano, veterana periodista de casta y tronío, condujo una sesión que además contó con entrevista en vivo y directísimo. Respuestas crujientes de Rosario Montoya como preludio a su actuación acuñada de escenario a pie de público y acunada de músicos que orquestaban el palmeo, el violín, la flauta, la respiración abdominal en ocho tiempos de una escenografía con reflujos de prelaciones andaluzas. La niña de origen humilde y la muchacha concertista hecha a sí misma en la bilateralidad de la autoafirmación y la autosuperación. Cuanto sucedió el martes noche está escrito en las actas de los memorias del gozo –íntimo pero fácilmente descifrable- de cuantos sentaron plaza en la sede de la Escuela de Hostelería.

Manos de Reina Gitana que asemejaban golondrinas en aderezado vuelo a través. Una réplica al silencio del indiferentismo: fluctuación de la naturaleza circunscrita –todopoderosamente- como reclamo de la creatividad sin merodeos ni paradojas ni hojarascas. Puro, cristalino, bailón, concerniente e inconsútil don del cielo que amansa y amasa las manos de la Reina Gitana. O el piano de cola de las manos de la Reina Gitana. O la trascendencia del piano de cola en las manos de la Reina Gitana… Un crisol de voluntades con falsetas de sonidos de aquí, una danza de dedos que se entrecruzan en el páramo de la sincronía. ’88 teclas de pasión’ o la incitación al asombro que forja sus propios signos de admiración. Signos y admiración. Con reinado de una gitana muchacha y dicharachera como los redobles de la fama que ya, paso a paso, se aproxima, se acerca, se palpa…

lunes 2 de noviembre de 2009











José Luis López Vázquez o el entrañable histrionismo de la intelectualidad escénica

Hágase el silencio. Se cierran fortuitamente las cortinas. El telón besa las tablas. La oscuridad apela a lo retrospectivo. Butacas vacías que lloran fantasmales secuencias en blanco y negro. El escenario cruje en su mudez de antiguas crianzas. Quietud y soledad se funden en un solo haz. Los decorados reposan entre bambalinas durmiendo el sueño de los muertos. Es fecha de ritos y cementerios y sin embargo nos sorprende la persistente intromisión de la Parca. Ha fallecido José Luis López Vázquez, uno de mis penúltimos actores predilectos. Se hizo añicos la permanencia –pospuesta, casi yerma, dosificadamente esquiva- de los clásicos en vida. Ya apenas quedan exponentes de la vieja guardia: José Bódalo, Francisco Rabal, Antonio Garisa, Alberto Closas, Agustín González, José Isbert… Ha muerto una sabrosa porción de la Historia de España. Ha muerto el padrino búfalo de la gran familia y… uno más. Supo José Luis López Vázquez renovarse, catalogarse según los dédalos de la edad, regenerarse a cada palmo pero… reinventarse jamás de los jamases porque siempre fue actor in situ, camaleónico, sui géneris, dúctil, versátil. Peculiarísimo hasta la médula. Su vis cómica surgía consustancialmente encima del escenario: el histrionismo matizado, la aparente improvisación, la energía incombustible. Cómico, gag con bombín y donosura, una oxigenada andanada de la intelectualidad interpretativa. Bigotito franquista, ojos charlatanes, nómada de su propia filmografía. Nos dejan –paraguas en mano, rictus de bonhomía, cabina cerrada a cal y canto- los mejores actores de la nostalgia que regresan a nuestro horizonte más inmediato como otra vez vuelven los testigos oculares a la panorámica de los días de autos. José Luis López Vázquez siempre estará presidiendo –“¡A la camita, vamos a la camita!”- una hilera de chavalería en aquella memorable escena de la saga de ‘La gran familia’ o 'La familia y... uno más' donde finalmente su papel de padrino búfalo quedaba encerrado en una cama portátil/desplegable para carcajada a mandíbula batiente de la niñería y de todos cuantos, también críos, nos reímos incansablemente con la parodia desde las salitas de nuestras casas.

sábado 31 de octubre de 2009

En Triana tuvo que ser

Mis amigos más íntimos y mi gente cercana conocen y reconocen la pasión que un servidor de ustedes –y de nadie a la misma vez- siente y presiente por Triana. Hablo, naturalmente, de la tierra de la Esperanza que habita en la calle Pureza. Hablo, naturalmente, de la cuna que mece a la Estrella de la Mañana cuando anochece bajo un cielo de relumbrones. Hablo, naturalmente, del domicilio particular de Cristo con la Cruz a Cuestas a quien la popularidad de la costumbre apeló como ‘El Jorobaíto’. Entre el cielo infinito y el río que –puente arriba- cruza el Cachorro cada Viernes Santo emerge este paraíso de lo bonanzoso. El universo de un balcón chorreante de macetas. La cátedra de la gracia del vecindario de buganvillas. Los niños que todavía pueden jugar a la pelota en plena calle. La dulzura del andar de nuestra existencia. El altar mayor de la claridad. Las muchachas guapas, espontáneas, solventes y sonrientes que matrimonian empatía y simpatía en las entretelas del alma. Triana, sí, aquel rincón de beldades y de verdades acurruca en el seno prenatal de la identificación, en el paréntesis abierto de su distinción, en su vuelo rasante de la Andalucía de otro tiempo, en las hechuras de sus abuelas con roete de sabiduría, en las volutas concéntricas de su alfarería, toda una suerte de candilejas y de moralejas siempre bullentes dentro de mi particular filosofía de vida. Pues bien: he recibido un vídeo ocular y paradigmático que rebosa y rebasa todos los parámetros de la ternura. Un fragmento audiovisual capaz de aniquilar cualquier encono de materialismo, de patetismo, de egoísmo campante y rampante en los rellanos de nuestra sociedad, en los solanos de nuestro siglo XXI. Se trata de un fragmento de grabación de vídeo aficionado. Plasma la secuencia cumbre, la secuencia álgida, la secuencia que nos eriza del vello, la secuencia de lo inadvertido, la secuencia… de una ceremonia nupcial, de una boda en Triana. Técnicamente no genera ningún tipo de maestría. Pero su contenido merece el Óscar a la película más bella de la vida real. Cualquier parecido con la realidad no es pura coincidencia. Un filme que podría titularse de nuevo ‘Cosas que nunca te dije’ o ‘Donde el corazón te lleve’ o ‘Por amor, sólo por amor’. La sorpresa preparada por la novia ha creado un precedente de lágrimas y emociones conjuntas. El vídeo está batiendo todos los récords imaginables de visualización: plusmarca de sentimientos alzados tanto en España como en otros muchísimos países. Lo cual no me extraña en absoluto: el gesto, el guiño, la iniciativa, el tótem que podemos apreciar en la grabación dimana autenticidad por los cuatro costados de su intencionalidad y de su funcionalidad: las cosas bellas trasmiten por sí mismas. La protagonista del vídeo canta en el Coro de la Esperanza de Triana, juega en un equipo de futbol femenino, ejerce a diario su trabajo de comercial administrativa y cumple a la perfección con el sendero de su inagotable romanticismo. No he dudado una milésima de segundo: esta sintética tromba de amor debe publicarse en mi blog y asimismo extenderse por todos los rincones del Planeta Tierra. Si usted –al ver las imágenes- no siente las cosquillitas de la emoción en lo más profundo de su estómago, visite mañana mismo a su médico de cabecera y dígale que ha perdido toda la sangre que supuestamente corría por sus venas.

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Soniquetes de pureza andaluza

Será el sábado 7 de noviembre cuando Rosario Montoya –la Reina Gitana para la gloria y el eco popular de su propio magisterio artístico- desarrolle en el Real Teatro de las Cortes de la vecina localidad de San Fernando un espectáculo uterino y magistral: ni bucólico ni vocálico sino exhaustivo, copernicano y heterodoxamente plural. El título define a las claras y sin mayores ambages el contenido de su ambrosía musical: 88 teclas de pasión. Unos días antes (concretamente el próximo martes) ofrecerá en Jerez (dícese la Escuela de Hostelería) un prólogo, un denso muestrario, unas pinceladas discontinuas, una brevería de fondo y forma de estas teclas de asombro y urgencia. Rosario Montoya es la lírica del embrujo en soniquetes de pureza andaluza. Un guiño del aire en el edén de lo jondo. Algo así como el extracto aflamencado de un arrobo de clasicismo. La coyuntura del arte en disposición permanente del parto de su plenitud. La costumbre del crujido de nuestros ensueños… Quizá porque el piano –esa gigantesca golondrina en quietud- se mece y se estremece mientras recibe la acaricia, la acuñación y la adulación de las manos de la Reina Gitana. Manos que forjan el embelesamiento del jardín de las dudas.

martes 27 de octubre de 2009

Presentación del doctor Juan Sebastián Lozano Pizarro en su ponencia ‘El dolor’ del ciclo ‘Escuela de Salud’ enmarcada dentro de la programación cultural del Grupo Romero Caballero

El dolor es un inocultable antecedente del sufrimiento. Ambas sensaciones causan displacer, disfunción e incluso discriminación. Un hombre que sufre se ciñe irremediablemente a los parámetros de la impotencia, al apocamiento de la voluntad mermada, a los abismos de lo punzante. Si el dolor afecta al músculo cordial, a la paráfrasis de los sentimientos, a la sensibilidad de los afectos, entonces sus heridas cicatrizarán por el método de la mentalización o por las operaciones –nunca quirúrgicas- del tiempo andante, de las horas curativas, de los minutos que adrede olvidan y resarcen cualquier tachadura de la propia experiencia personal. Pero…

Pero si el dolor nace, se reproduce y se instala sibilinamente en nuestro organismo, en nuestra estatura física, en nuestros órganos vitales, entonces su rito de paso, su solución y su fórmula curativa depende de las manos maestras –o amaestradas- de los profesionales sanitarios.

Los médicos –esos cultivadores de esperanzas cuya legitimidad a veces ponemos en solfa demasiado gratuitamente- unifican sus esfuerzos por resolver, según los códigos de su propia ética, los males que afligen, desuelan y desesperan a la mayor parte de los pacientes. Digamos que el dolor representa el aguerrido caballo de batalla que separa o hermana a los pacientes de sus más entrañables médicos de cabecera, de familia o de circunstancial designio.

Hoy nos visita un doctor que encarna el dulce maridaje de la vocación y la sencillez, de la simpatía y el rigor, de la franqueza y la diligencia. Aludo sin mayores remisiones a Juan Sebastián Lozano Pizarro. Basten cuatro pinceladas biográficas para asumir de una sola tacada el esbozo descriptivo de su personalidad…

Cuando otros muchísimos niños de su generación soñaban con convertirse de adultos en policías, artistas de cine o supermanes de vuelo raso, nuestro conferenciante no albergaría ninguna duda: desde chiquillo ya aspiraba a convertirse en médico. Pero no en médico al uso y al abuso de los lujosos hospitales del siglo XXI, ni mucho menos, ni hablar del peluquín: su pretensión descansaba en ser médico de pueblo.

Y no porque atisbase en las películas españolas de Paco Martínez Soria la heroicidad del rotundo triunvirato de los pueblos de España, esto es, el alcalde, el cura y el médico, sino porque un cura de pueblo –quizás emulando algunas gloriosas novelas de don Pío Baroja o del valenciano Vicente Blasco Ibáñez- encarnaba no sólo a un curador del cuerpo sino también a un confesor del alma, a un consejero familiar, a un confiado experto multifacético presto a resolver cualquier problema burocrático que surgiese acá o acullá…

En efecto Juan Sebastián es un médico del pueblo de los valores humanos que todavía gravitan en la práctica totalidad de todos nosotros. Concibe su profesión como un vaso comunicante de confianzas, lealtades y probidades con el enfermo en potencia o con el enfermo imaginario (que haberlos, haylos).

El trato fraternal con el paciente marca su código de conducta. Tan es así que disfruta como unas castañuelas echando –si preciso fuere- cuantas horas y deshoras cupieren en sus alforjas diarias. Constatemos otro nuevo alarde de sinceridad de su parte: asegura que tardó en sacarse la carrera universitaria de Medicina porque jamás aceptó memorizar conceptos que previamente no había comprendido del todo: síntoma infalible de su honestidad profesional y de su consistente y coexistente deontología médica.

Me consta –de oídas y de facto- que Juan Sebastián desempeña con ejemplaridad y tenacidad su encomiado y encomiable papel de esposo, padre, hijo y cuantas parentelas acepte por las supremas razones del amor. De ahí que su ponencia se revista previamente –y sin necesidad de argumentaciones empáticas- de la credibilidad de un hombre de bien, de un médico de pro y de un corazón siempre latiendo en derechura del sendero de la mano izquierda: esto es: en la senda de la pulsión de la vida.

Nos honra acoger a un biennacido, a un doctor de la humanidad sin protagonismos, a un risueño amante de la amistad. Enseguida comprobaréis que la Medicina no siempre responde a conceptos difusos e inexactos sino a la voz de quienes la ejercen con honradez, con madurez y hasta con timidez. Contra el dolor, señoras y señores, la palabra de nuestro querido Juan Sebastián: no existe mejor lenitivo, mejor bálsamo y mejor diagnóstico. Por ende repito de nuevo: fijen sus retinas en su predicamento, silencien en los bolsillos vuestros teléfonos móviles y túmbense en la camilla de la mejor complicidad. Es seguro que al final de la sesión todos nos sentiremos mucho más aliviados.